Astrolabio del Tiempo

En la antiguedad el hombre usaba el astrolabio para medir las alturas, los lugares y los movimientos de los astros.

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Historias de Vida

La muerte de Hipólito Yrigoyen

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La muerte de Hipólito Yrigoyen

Por la lic. Andrea Ravalli

 En una pequeña habitación que estaba decorada sencillamente, agonizaba uno de los últimos caudillos, Don Hipólito Yrigoyen.

Había sido un hombre carismático, de pocas palabras, misterioso, le decían algunos de sus contemporáneos.

Había aspirado a lograr una reforma moral en el país más que una reforma política.

Él mismo afirmaba en uno de sus discursos cuando asumía su primera presidencia:”Inicié el gobierno afrontando todos los problemas y conflictos que planteaba la pavorosa situación engendrada, a lo largo del tiempo, por la prepotencia, la ilegalidad, el privilegio, la injusticia, el desquicio y el desconcepto”

En vida lo habían rodeado y cercado muchos pero cuando agonizaba solamente lo rodeaban unos pocos familiares. Era el  mediodía del 3 de julio de 1933.

A un costado sobre una mesa de luz brillaba en la penumbra un crucifijo de plata.

En la calle Sarmiento, una multitud que se renovaba constantemente esperaba ansiosa las novedades.

Desde la noche anterior entraban y salían del edificio personalidades políticas.

Con la cabeza descubierta los ciudadanos entonaban el himno nacional.

En el umbral de una puerta, una anciana encendía velas a una estampa. Había muerto el ciudadano que por dos veces ocupara la Presidencia del país.

Ese mismo día aparecía el decreto de honores. A las 20 horas el doctor Izzo llegó con el certificado de defunción.

Luego de una breve consulta con los familiares se dispuso el embalsamamiento del cadáver.

Luego de esta tarea se lo vistió con el sayal de los padres dominicos y fue colocado en un ataud semicubierto por la bandera Argentina. Por la noche la ciudad había quedado en silencio.

El 6 de julio se realizaron las exequias. En la capilla ardiente se rezaron los responsos y a las 10 se hizo necesario clausurar la entrada para que el padre Álvaro Álvarez oficiara una misa.

Recién cuando pasaron las 12 se puso en marcha el cortejo. No había un espacio libre en las veredas ni en las calles.

Los tramos entre Suipacha, Tacuarí y Avenida de Mayo, cuyos comercios estaban cerrados, llevaron más de media hora para que pase el cortejo.

Desde los balcones caían flores. Cuando la cabeza de la columna llegó al Congreso, todavía se seguía incorporando gente al cortejo en el punto de partida.

Cuadras y cuadras de multitudes jamás vistas hasta entonces.

El féretro era llevado a pulso. Casi cuatro horas después de iniciada la marcha, a las 15.55 el féretro llegaba a la Recoleta.

Al llegar allí Alvear pronunció las primeras palabras:”No puedo callar mi emoción al ver partir para siempre al amigo que en 40 años aprendí a querer y a admirar. Como la cordillera Andina que destaca su cumbre en la vasta extensión del continente, Hipólito Yrigoyen es una cumbre inaccesible a las mezquindades que pretendan empañar su memoria, incorporada al panteón de nuestros próceres. Un hálito de estupor cubre toda la República”.

Muchas fueron las palabras que se escucharon esa tarde sobre la figura de Yrigoyen. Era alta la tarde ya cuando finalizó la ceremonia coincidiendo con la caída del sol.

Lentamente la multitud se disgregó y volvió a sus casas.

Algunos grupos marcharon hacia el centro, al frente iban las banderas enlutadas entonando a media voz las estrofas del Himno Nacional.

La gente en las veredas se descubrían respetuosas, había muerto el viejo caudillo y merecía esa Última despedida.

Periodo del suceso: 1852
Palabras clave: Presidentes Argentinos, Yrigoyen, UCR